
Un día un muchacho de apenas catorce años escribió un libro magnífico. Contaba una historia increíble que muy pronto se apoderó del corazón de la primera persona que la leyó: su padre. Este hizo todo lo posible por publicarlo y, tras denodados esfuerzos, lo consiguió. En unas semanas se convirtió en el libro más vendido y leído de su país. Al cabo de un año había sido traducido a todos los idiomas que copaban la industria editorial mundial.
La historia que contaba era tan cautivadora que en menos de un lustro todo ser alfabetizado hacía todo lo posible por poseer un ejemplar de aquel libro. Nadie necesitaba más. Era como si la simple lectura diaria de unas cuantas de sus líneas fuese suficiente para alimentar cuerpo y alma.
Se imprimió cinco mil millones de ejemplares y todos fueron vendidos. Nadie, por nada del mundo, se desprendía del suyo. Algunas personas, las más afortunadas, llegaron a poseer dos. Incluso se dio el caso de un millonario australiano que declaró tener tres ejemplares en propiedad, pero nadie le creyó.
Al décimo año de su publicación su autor, ya adulto y ahíto de riquezas, donó los derechos de su gran obra a la Organización de Naciones Unidas. La única condición que impuso fue que este organismo distribuyera su libro gratuitamente en los países más pobres. De este modo sus magnos pensamientos alcanzaron a aquellos que no habían tenido la oportunidad de acceder a tan bondadosa obra. La ONU imprimió dos mil millones de ejemplares más y cada ser humano vivo pudo guardar bajo su almohada aquel libro fantástico.
Al cabo de varias décadas su autor murió. Aunque, gracias a su incalculable fortuna, dispuso que su cuerpo fuera conservado con la esperanza de que un día la ciencia fuera capaz de resucitarle, doscientos cincuenta años después un grupo ecologista radical cortó el suministro energético de las instalaciones que lo albergaban y sus restos se corrompieron de manera irreversible.
De todo eso hace casi diez mil años.
Desde entonces guerras y paces se han sucedido. Atrás dejamos a la vieja Tierra y en ella los escasos ejemplares de aquel libro que de mano en mano todavía circulaban. Hoy nadie conoce siquiera su argumento. Nadie entiende sus signos obscenamente extraños.
En este momento mi mano derecha sostiene el último ejemplar de aquel escrito cuyas ideas se propagaron como la luz del Sol. A mis pies un fuego redentor calienta la cueva que nos da cobijo a mí y a mi tribu.
Arranco una hoja, la arrugo y la lanzo al fuego. Se quema rápidamente. Ahora arranco un puñado. Una a una deposito las páginas amputadas sobre las llamas y estas las consumen con voracidad. Arrojo el resto al fuego y sus raídas tapas emiten, en voz baja, un largo y profundo gemido.

6 comentarios:
Al principio pense que estabas hablando de el escrito que escribio el libro de "Eragon", ese del dragón que lo escribio muy jovencillo... luego ya he visto que es una historia de tu invención.. joroba, que bonita..
Bueno Extensus, pasate por mi blog y recoge un regalillo que tengo pa ti..
Un saludo.
Una historia muy guapa.
Me ha gustado mucho el relato, aunque el final es un tanto desesperanzador.
Me ha encantado este pequeño relato. A ver si posteas más como este. Un beso.
Muy interesante el cuentito. ¿Al final qué pasa, que es el propio libro el que genera la involución humana o qué?
ANA. Ya me he pasado por tu fantástico blog. Gracias de nuevo.
LOOKATME. Gracias por tu siempre puntual y alentador comentario.
BRANCO TV. Efectivamente es desalentador. Pero la vida es así. Gracias por tu comentario Branco.
ANA MARÍA. Intentaré meter de vez encuando algún cuentecillo de estos.
THELONIOUS. Eres de los últimos que se han incorporado al blog y te lo agradezco. Digamos que el cuento puede tener distintas interpretaciones.
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